La sectas del futuro

Tenemos religiones para explicar el más allá y guiarnos en nuestro comportamiento en el más acá. También, me parece a mí que existen “religiones sobre el futuro”, sin ritos pero con creencias muy firmes acerca de lo que pasará, que también nos condicionan las decisiones del presente. No hay problema en ello, mientras procedan del criterio y no sean un atajo mental o un fruto de la mercadotecnia. Curiosamente, son más identificables en organizaciones (empresas, sociedades, partidos) o segmentos de la población que en empleados, ciudadanos o votantes de a pie, que suelen mostrar opiniones más abiertas respecto al futuro.

Un listado sin ambición de ser exhaustivo acerca de estas pequeñas sectas que generan las distintas convicciones acerca del futuro:

  • Tecno-optimismo: creen en la tecnología madre, todopoderosa, y en su hijo Internet. Confían en la relación directa entre el progreso tecnológico y el progreso humano, aún sin correlaciones palpables. Tienden a ser optimistas respecto a la modernización y sus efectos sociales, rozando la ingenuidad. Creen en la racionalidad y la ciencia como respuesta genérica a cualquier problema. Tienen fe (contra la evidencia histórica) en el avance continuo y lineal sin retrocesos de la civilización. Gracias a los evidentes éxitos de las tecnologías de la información se están recuperando de cierto descrédito debido a las predicciones ultraoptimistas de finales de los años sesenta: ciudades en Marte, helicópteros para ir a trabajar, píldoras que sustituyen las comidas, misiles para enviar el correo…
  • Transhumanismo: puede verse como una rama radical de los tecno-optimistas. Confían en las nuevas ciencias y tecnologías para mejorar las capacidades mentales y físicas para evitar el sufrimiento, la muerte y superar en general todos los límites de la existencia. Bajo el lema “Singularity is near”, análoga a la del “Reino de Dios está cerca”, y liderados por el científico Raymond Kurzweil, se encuentra una de sus sectas más pujantes, la fe en la “singularidad”. Consiste en que creen que las tecnologías de la información y la inteligencia artificial trascenderán nuestras posibilidades biológicas de modos inimaginables. El patrón exponencial de progreso tecnológico se aceleraría aún más, permitiendo descargar nuestros cerebros, hacernos inmortales y hasta superar las leyes de la física. La idea cuenta con importantes patrocinadores, como Google, y hasta templos, como la “Singularity University”.
  • Neoludismo: un número de pensadores y opinadores, sobre todo en medios de comunicación, reflejan un rechazo a las innovaciones tecnológicas per se. En términos más radicales, análogo al del movimiento de los luditas respecto a las innovaciones de la era  industrial. El manifiesto de Unabomber (al que el FBI calificó de neoludita) es un documento muy ilustrativo de esta corriente de pensamiento. No obstante, se pueden encontrar textos griegos y chinos antiquísimos muy en línea con este modo de pensar, reprochando a la innovación técnica la pérdida del equilibrio natural y social. Un ejemplo muy especial es el Popol Vuh, el libro clásico de la tradición maya, que relata el mito de la rebelión de las herramientas contra sus dueños, los hombres de madera. Las herramientas se pusieron a hablar entre sí (lo que no está muy lejos con el M2M y los nuevos hogares y ciudades inteligentes) y decidieron rebelarse y “golpear a los hombres en sus caras”.
  • Catastrofismo: cada catastrofista tiene su  ”apocalipsis” o “distopía” particular (es decir, una visión futura extremadamente negativa), lo contrario a Utopía. Hay una creencia generalizada en el “colapso”, que podría encajar en esta definición aún sin ser radical. Aparte de la tecnología en sí, otros candidatos al desastre son el cambio climático, el crecimiento de la población, pandemias, falta de agua, asteroides, desastres nucleares… Curiosamente, todos creen que por imaginarse qué va a ocurrir formarán parte, en caso de que ocurra, del selecto grupo de supervivientes. Por otro lado, para esta gente todo acontecimiento extraño es un mal presagio. Esto ya lo veía Shakespeare en “Julio César”:

CASCA. Cuando coinciden a una semejantes prodigios, que nadie diga: «Son fenómenos naturales, y sus causas éstas», porque, a mi juicio, son presagios siniestros para los países donde se verifican.  CICERÓN. — Es ésta una época bastante extraña, por cierto; pero cuidado, porque los hombres pueden interpretar las cosas a su manera, contrariamente al fin de las cosas mismas.

  • Intervencionismo: suelen tener una actitud fatalista respecto al futuro si no existe una gestión de los recursos y de los comportamientos por parte de los gobernantes. Están por tanto asociados al catastrofismo, en el mismo sentido que las madres lo son cuando los hijos salen de casa para ir por ahí. La diferencia es que en esta visión, el cambio social y el bienestar depende, no de las tendencias que vienen, si no de que se adopte la voluntad política adecuada, en general para impedirlas. Tiende por tanto a ser alarmista respecto a la superpoblación, la ecología y otros problemas. Pero no tanto por convicción en lo inevitable del desastre, sino para reforzar las medidas que garanticen la estabilidad y el control de los expertos o responsables.
  • Ecologismo utópico y “Gaia”: esta forma de pensar es tan religiosa que hasta ha tomado el nombre de una diosa como lema, Gaia, la diosa de la Tierra. Es una creencia en la ecología, las ciencias sociales y sobre todo en la bondad intrínseca humana como fase posterior a todo el daño que la tecnología mal empleada y la competitividad han realizado sobre el planeta. Es una visión inclusivista, buenista, ecológica y multicultural, que combina de forma milagrosa utopía y distopía.

Un curioso y bienintencionado dogma de esta “religión” es la de las “pequeñas comunidades autosuficientes en equilibrio con la naturaleza”. Lástima que la historia proporcione contraejemplos, como el asentamiento de los marineros del famoso Motín de la Bounty (con películas con Clark Gable, Marlon Brando o Mel Gibson). Lo que las películas no cuentan es el epílogo: una vida idílica en una isla perdida con sus esposas polinesias acaba transformándose en múltiples asesinatos causados por envidia, celos y represalias que dejan al final a un único hombre vivo.

  • Visión cíclica: se entiende que el futuro, sobre todo el económico, puede explicarse por una sucesión de ciclos. En muchas culturas, ésta es la visión tradicional, una especie de determinismo circular. Un símbolo típico es el Ouroboros, la serpiente que hace un círculo y se devora a sí misma. Eso de pensar en ciclos está muy bien, porque siempre aciertas. Todo depende de los plazos.
  • Complejidad y caos: una corriente de pensamiento que aumenta su influencia es la que parte de los conceptos de complejidad y teoría del caos para enfatizar los efectos del azar y de la falta de precisión en las medidas en los acontecimientos. La supuesta imprevisibilidad de la crisis económica, ha puesto de moda estos conceptos, y en concreto, el de “cisne negro” propuesto por Taleb. Es una forma muy trabajosa de decir que no se tiene ni idea sobre el futuro, pero con las ventajas de usar ecuaciones y la pose intelectual.
  • “Teoría de los grandes hombres”: procedente de la forma tradicional de enfocar los estudios históricos, la visión de que en realidad los acontecimientos están determinados por la voluntad de figuras emblemáticas es bastante amplia, y de hecho, resulta patente en numerosas noticias en los medios (tanto generalistas como empresariales) y sobre todo, en la cuantía de algunos sueldos. Derivadas de esta teoría son las de suponer que son los líderes de las grandes organizaciones las que deciden, y diversas teorías conspirativas. En cualquier caso, conviene recordar el poema de Bertoldt Brecht:

“El joven Alejandro conquistó la India. ¿Él solo?

César venció a los galos. ¿No llevaba con él un cocinero al menos?

El español Felipe lloró cuando su tropa se hundió. ¿Sólo él lloraba?

(…) Cada diez años un gran hombre ¿Quién pagó los gastos?”

Seguro que me dejo unas cuantas. En todo caso, creo que en general se pueden ubicar en ciertos ejes:

− Uno marcaría la creencia o no en un cierto determinismo en la historia, es decir, que los humanos individuales poco pueden cambiar a largo plazo. Por ejemplo, el tecno-optimismo suele asumir que el desarrollo tecnológico sigue una lógica “natural” interna propia, con evidencias como la “Ley de Moore”. Por tanto, sería parcialmente determinista, aunque utopías como el marxismo lo eran mucho más. Este eje está relacionado con la ideología, en el sentido de que el grado de poder que se dé al indivíduo frente a las “fuerzas de la historia” reduce el determinismo. Como dice el pensador Lewis Mumford “tendencia no es destino”.

− Otro eje sería el grado de optimismo-pesimismo.

De todos modos, caigo ahora en la cuenta de que hay un tipo de actitud ante el futuro aún más peligrosa que el catastrofismo, el transhumanismo y todos los otros “ismos” citados, y que no hay forma de mapear entre el optimismo-pesimismo o el determinismo-indeterminismo. Se trata de la extendida corriente de pensamiento (o de “no pensamiento”) llamada “medalomismo”.

(Publicado previamente en Innovadirectivos)

2017-08-03T21:55:02+00:00 2 diciembre, 2010|1 comentario

Un comentario

  1. Octavio Isaac Rojas Orduña 5 diciembre, 2010 en 19:47 - Responder

    Medalomismo… no será lo mismo que nihilismo o nilohevisto (bueno, no todo podría terminar en ismo 😉

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