“Los hombres que miraban fijamente a los pulpos”

En esta Copa Mundial de fútbol, el famoso pulpo Paul ha acertado 8 resultados seguidos. Esto deja en evidencia a el fabricante de zapatillas Nike (en cierto modo otro tipo de cefalópodo, pues también tiene los pies siempre en mente), que no dio una en las predicciones de su spot “Escribe el futuro”.

La probabilidad de acertar 8 veces seguidas por mero azar es menor del 0,4%. Un desempeño extraordinario. Naturalmente, lo improbable no es lo mismo que lo sobrenatural. Eso mismo ha debido comprender el sabio pulpo, que ha decidido jubilarse como oráculo en pleno apogeo de su carrera.

En todo caso, el éxito predictivo del pulpo supera la trayectoria de cualquier analista deportivo o de mercado humano que yo conozca, y es sólo igualado por algunos chimpancés que invierten en bolsa. Su eficacia es sin duda mucho mayor de la que se pide a un producto farmaceútico, a excepción de la purga de Benito y de la Power Balance que son infalibles y comparten el mismo mecanismo (como es sabido, al pobre Benito, la purga que le recetaron hizo efecto aún antes de llegar a la farmacia).

Más llamativo que los supuestos poderes del pulpo es que cientos de millones de personas estuviéramos pendientes de sus vaticinios, y que incluso hubiera un vuelco en el sentido de las apuestas online tras la nominación de España como vencedora ante Holanda.

Eso nos lleva a otras épocas. La expectativa de obtener un conocimiento extraordinario de forma repentina, es un ansia muy natural, sobre todo si la supervivencia de un pueblo (o una selección) está en peligro… Algún tipo de método de adivinación no falta en la toma de decisiones importantes de ninguna civilización. Causa cierto embarazo a los estudiosos comprobar que las admiradas civilizaciones griega y romana, cuna de la racionalidad, confiaban en las artes adivinatorias sin ningún pudor. Ninguna acción era avalada por el senado romano sin la correspondiente consulta a los augures, y rara era la acción decisiva de Atenas que no era consultada en el oráculo de Delfos.

Sin embargo, a nosotros nos gusta pensar que nuestras creencias sobre el futuro son racionales. Horóscopos y líneas astrológicas no serían más que residuos de una superstición superada. Contradecimos al mismo Cicerón, que opinaba en su libro “Sobre la adivinación” que ésta era un fenómeno cultural universal.

Sin embargo, llega un pulpo listillo y nos pone a todos en peregrinación al tentáculo de Delfos. Está claro que nuestro sistema operativo no es distinto al de nuestros antepasados. ¿Lo son nuestros procesos de toma de decisión?

Posiblemente, no tanto. Puede que haya “pulpos” escondidos en nuestras predicciones supuestamente racionales. Quizá el rol de los adivinos ha sido desagregado y dispersado y, al relajarse la magnitud de los retos vitales y sociales, sustituida su ceremonia por formatos más profesionales y comedidos.

Vamos a llamar “pulpos” a esos mecanismos no enteramente justificables de forma racional, pero que aparentemente nos clarifican el futuro, sus opciones y ramificaciones, y a los que damos más fe que la que podría merecer de su génesis.

¿No se confunden sistemáticamente las correlaciones y las causalidades, que al fin y al cabo es el origen de muchas tradiciones de adivinación? Por ejemplo, hoy leo que hay señales positivas de reactivación del consumo en el país, acogidas con alborozo por los analistas. El mismo alborozo con el que los augures romanos consideraban que un buen nivel de ingesta de los pollos sagrados ofrecía buenos auspicios. Sus enemigos, los bárbaros, para anticipar el resultado de un combate próximo, enfrentaban a alguno de sus prisioneros del lado contrario con uno de sus soldados. Supongo que con la misma validez que nuestros tests de concepto y  pruebas de campo.

Los antiguos chinos, bajo la dinastía Shang,  adivinaban interpretando de forma creativa fisuras provocadas en caparazones de tortugas. Ingénuo como parece, no es muy distinto a como interpretan gráficas algunos analistas del mercado. Más aún, los Shang prácticaban y registraban este arte de forma masiva, ponderando lo que contestaban distintos adivinos a las mismas situaciones. Algo así como nuestro método Delphi para lograr el consenso de expertos sobre el futuro. Hablando de expertos, ¿no reconocen algunas consultoras que sus procesos implican que sus empleados sufran “revelaciones”, como denunciaba Dans, en la mejor tradición oracular?

Más aún, ¿No recuerdan los consultores corporativos a chamanes ancestrales, como observaba en un post antiguo? Los emperadores romanos (y los aspirantes a ese cargo) se atribuían sueños y profecías para manipular a sus seguidores. Así dicho parece feo, pero si un gurú dice que un CEO tiene “liderazgo visionario” ¿no aplaudimos? El lenguaje ambiguo y las técnicas de “cold reading” ¿se acabaron acaso con el declive de los antiguos oráculos?.

Por estos motivos, un respeto y un abrazo al pulpo Paul. Bueno, cuatro abrazos.

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2017-08-04T14:17:03+00:00 15 julio, 2010|1 comentario

Un comentario

  1. Jseguir 15 julio, 2010 en 10:30 - Responder

    Yo desde que hago los presupuestos de los proyectos a huevo como soy más feliz y acierto lo mismo que el pulpo…
    Seamos realistas, las predicciones y análisis de las grandes consultoras tienen menos fiabilidad y sesgo que las del pulpo, y cuestan un huevo (otro día hablaré de los estudios de tráfico para concesiones…).
    Genial como siempre el post, un saludo

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