«El mundo, y todo lo que hay en él»

En la Edad Media se llamaba “robber barons” (barones ladrones) a aquellos nobles que vivían de cobrar impuestos abusivos a los que querían atravesar sus tierras. En EEUU, a finales del XIX, se recupera el nombre para los magnates que lograron su fortuna gracias a la tolerancia pública a los monopolios que supieron crear. Rockefeller, Andrew Carnegie, J.P. Morgan, Lelan Stanford, James Buchanan Duke, Cornelius Vanderbilt… Sus tropelías fueron muchas para hacerse con el control de los nuevos recursos e infraestructuras que requería una nueva era de desarrollo: el ferrocarril, las finanzas, el acero, el petróleo, el carbón… Esas historias se olvidaron, pero sus nombres perduran en un legado filantrópico con el que intentaron lavar su imagen.

En la Era Digital, llegamos a muchos contenidos, productos y sobre todo a otros ciudadanos atravesando terrenos casi inevitables: Google, Amazon, Facebook. A diferencia de los nobles medievales, estos barones no cobran en oro metal sino en el oro del siglo XXI: información. La que depositamos en forma de opiniones o contenidos que dan más valor a su plataforma, o la privada que ayuda a que nos vendan mejor.

Las tres empresas citadas ya se han posicionado entre las cinco de mayor valor bursátil del mundo. Los señores de estas plataformas ya son supermillonarios y sus fortunas siguen creciendo. Todos, incluso los dos fundadores de Google, están entre los 10 empresarios más ricos del planeta.

Cada oleada de desarrollo supone un proceso lento de difusión y asimilación de lo nuevo. A la larga hay una institucionalización donde se encuentran las normas que hacen sostenible el sistema. La historia nos permite ser optimistas, porque tras ella suelen llegar épocas prósperas: la “belle epoque” surge del despliegue total de la ola del ferrocarril, los felices 20 al final de la era del acero o a finales del XX la “sociedad del bienestar” (qué recuerdos) al difundirse los beneficios del petróleo y la producción en masa.

Pero no estamos aún ahí, ni es seguro que lleguemos. Por poner tres ejemplos concretos dignos de los “robber barons”, la llamada gig-economy (o “economía de pequeños encargos) ha provocado abusos en repartidores, UBER ha llegado a sabotear a rivales pidiendo miles de viajes falsos y hoy la noticia es la manipulación de las cuentas de Facebook de 50 millones de norteamericanos para favorecer la campaña de Trump.

Mientras se crean las mejores referencias, normas e instituciones que guíen las conductas, debemos al menos reclamar los valores.

Un valor que parece esencial si tu negocio se basa en la información es la verdad. Lo reclamamos en el periodismo, por ejemplo. No parece popular en la nueva élite. Recuerdo una frase que me impactó por su carga epistemológica. “It just happened to migrate from being false to being true” («Simplemente pasó de ser falso a ser cierto»). No procede de un filósofo o un físico cuántico. Sergei Brin, uno de los fundadores de Google, pronunció dicha frase a los periodistas al reprocharle éstos que Google hubiera lanzado el navegador Chrome cuando el propio Brin, poco antes, había negado en público que algo así formara parte de sus planes.

Hoy la noticia es la sinceridad o no de Mark Zuckerberg. La prensa se ha mirado a sí misma para recordar que Zuckerberg afirmó en 2009 que nunca vendería los datos de sus usuarios. Aquí conviene recordar que los usuarios no somos sus clientes, somos el producto.

Al mismo tiempo Tim Cook, CEO de Apple, ha dejado claro que de estar él en la posición de Zuckerberg, eso no hubiera ocurrido. En una entrevista para MSNBC fue preguntado que haría si él fuera el CEO de Facebook, y contestó: «No estaría en esta situación».

Esto tiene bastante trascendencia, pues Cook, y parece una opinión autorizada, dice algo tan directo como que la seguridad personal de cientos de millones de personas ha fallado porque han fallado o bien la aptitud o bien los principios de un joven de 33 años llamado Mark Zuckerberg.

Asumida la aptitud (o el dinero para contratarla), resulta que la pregunta de si es seguro o no confiar nuestros datos y comunicaciones sociales a Facebook, es en realidad una pregunta sobre si para Zuckerberg es una prioridad o no crear un modelo operativo de compañía que garantice la seguridad de los usuarios.

Más de dos mil millones de personas han decidido tácitamente que sí. Pero quizá están equivocadas, porque presumen en Internet garantías de un mundo ya institucionalizado (el offline) y no saben del carácter sistémico de una plataforma, donde no todo es traceable o predecible. Además, conviene recordar que los dirigentes de estas empresas tienen un poder mucho mayor que el de las de grandes empresas convencionales, por su gran caja disponible y por su participación efectiva en el capital de la compañía.

¿Qué podemos saber de los valores personales de Zuckerberg? Bueno, esa es una pregunta que preferiría que no tuviéramos que hacernos.

Este genio es rarito (¿no lo es alguien que adopta la costumbre de sacrificar personalmente toda la carne que come?), no es sincero (a los invitados a su boda les dijo que era una fiesta de graduación y peor aún, a la Unión Europea le aseguró que era imposible técnicamente cruzar datos de Facebook y WhatsApp), tiene un punto robótico y dominante (con gestos que algunos sinergólogos juzgan psicopáticos), promueve propuestas filantrópicas son sospechosas (por ejemplo, tratar de difundir un acceso Internet universal… excluyendo a sus rivales) y juega duro como sabemos de los primeros años de Facebook. De hecho, tenía un póster de Tony Montana, el violento gangster Scarface, como inspiración en su primer despacho y su imagen en un fondo de la primera versión de Facebook. El que decía que merecía “el mundo y todo lo que hay en él”. Lo que nos lleva de nuevo a los «robber barons»

Por otro, ha demostrado ser inventivo, disciplinado, racional, brillante y rápido en muchas decisiones de negocio, familiar y celoso de su privacidad (clara paradoja), con cierta indiferencia hacia el lucro (rechazando ofertas que le hubieran aportado cientos de millones de dólares con 22 años y asegurando que donará casi la totalidad de sus acciones), y aunque la gestión tiene críticas están lejos de las que han generado otras empresas como UBER. Incluso ha sabido implicar a la prestigiosa Sheryl Sandbeg en la dirección, que le complementa en muchos aspectos.

Zuckerberg definió los valores aspiracionales de su empresa cuando la sacó a bolsa: enfocarse, moverse rápido, ser audaz, ser abierto y construir valor social. Pero los valores de Facebook estaban ya definidos antes, y están inspirados en la ética hacker. Algunos de sus lemas cubren los muros de Facebook: “muévete rápido y rompe cosas”, “hecho es mejor que perfecto”, “sé audaz”, “falla deprisa”, “¿qué harías si no temieras nada?”, “falla a lo grande”… Todos son lemas muy adecuados para crecer en un mundo donde conviene probar suerte y aprender del error lo más rápido posible.

Aquí surge una inquietud. Esos valores son adecuados para una start-up que lucha con mucha ilusión y escasos medios para abrirse hueco… ¿pero queremos que sean los valores con los que se cuidan nuestros datos en servidores de otros países? ¿podemos permitírselos a las empresas más poderosas del mundo? ¿de verdad se merecen “el mundo y todo lo que hay en él”?

2019-08-08T11:54:23+00:008 agosto, 2018|Comentarios desactivados en «El mundo, y todo lo que hay en él»